II Dioses

Vector llevaba poco más de una hora esperando cuando finalmente la vio salir. Simplemente le fascinaba todo de ella. Su pelo azul ondulando en perfecta sincronía con las ondas marinas, sus ojos turquesa llenos de curiosidad, su piel blanca brillando con los reflejos del lejano sol. Todo. Pero no podía estar con ella. No debía estar con ella.

La llegada de Aisa a Calisto fue algo extraño y fortuito. Lo recordaba como si fuera ayer. Él tenía más o menos siete años cuando llegó una niñita junto con mercaderes. Se dio cuenta inmediatamente que no era familiar de ellos, ya que sus facciones eran finísimas para ser los de una simple niña. Parecía de la nobleza. ¿Abría venido de Carión, talvez?
Nunca lo supo, ya que apenas llegó los mayores les prohibieron a todos los habitantes del pequeño pueblo entablar cualquier relación con la extraña. Sólo la anciana Mía tenía autorización para cuidarla, pero ya hacía cuatro años había desaparecido misteriosamente, lo cual había reforzado la reticencia de los pueblerinos.

Habían pasado quince años de eso y todavía lo embargaba cierta emoción al pensar en ella. Él tenía veintidós años y era ella la única mujer que había conquistado su corazón. Dio un respingo y miró hacia el sendero, por el cual la sirena se perdía rápidamente. Raudo, Vector la comenzó a seguir sigilosamente. Desde que Mía murió él la seguía en sus extrañas excursiones. Eran muy interesantes, la verdad, ya que Aisa se aventuraba a parajes que ningún otro tritón se atrevería a visitar.

Esta vez se dirigía a una extraña cueva que hacía tiempo había descubierto. Miró preocupado hacia la superficie, pero al verla oscura y turbulenta suspiró aliviado. Sabía que los humanos no lo molestarían hoy, ya que usualmente no navegaban con ese clima.

No se percató cuando llegó a la entrada de la espaciosa caverna hasta el momento que escuchó una música cautivadora. Se escondió entre unas algas de gran altura, medio ido a causa de la melodía. De pronto, un estruendo ensordecedor lo sobresaltó. No le inspiró nada bueno, por lo que comenzó a escapar rápidamente hacia cualquier parte, con la única determinación en su mente de alejarse de ese lugar. Tras mucho nadar chocó contra algo, y al darse cuenta de lo que era se le vino el alma al piso. Un hombre (no le cabía duda que era uno de ellos), se encontraba nadando con una lanza extraña y vestido totalmente de negro. Inmediatamente después del impacto, el humano le lanzó su arma, la cual le impactó en el hombro. Debilitado por el reciente susto y ahora por la herida, se desplomó inconsciente. Sintió como un par de fuertes brazos los asían hacia arriba, pero nada más.

-Ganaré millones, John, te lo aseguro.

-Trillones, amigo mío. Esto nunca se ha visto antes. ¡Un sireno vivo!

-Tritón…-pensó amargamente Vector. Pero eso ya no importaba. Era demasiado tarde para él.

·*·

-¿¡Reencarnación!? Ay, no entiendo nada.

-
Tienes todo el tiempo para comprender, querida mía.

-¿De donde vienes? ¿Por qué me elegiste a mí?

-Comenzaré por el principio, por mi historia. Hace miles de años, los dioses vivíamos en la Tierra mortal. Ningún tapujo ni problema enturbiaba nuestras relaciones, hasta que apareció Hôr. Ninguno de nosotros comprendió de donde venía ni qué era lo quería, pero este último cuestionamiento se esclareció rápidamente. Me quería a mí.

-¿Y porqué te quería a ti?

-Por mis poderes.- Ante la cara de estupefacción de la sirena, la perla agregó
- el poder de la vida. Como era de esperar, comenzó una guerra entre los dioses y Hôr. Pero con el pasar del tiempo, mis hermanos y hermanas estaban artos de la batalla y planearon entregarme.
Escapé, abandoné mi cuerpo terrenal y me escondí aquí. Luego de cientos de años mi espíritu comenzó a perturbarse. Necesitaba libertad. Y te creé.

-Pero… en nuestra mitología no existen dioses. Sólo una: Sïaria.

-Obra de Hôr- espetó.- Desmintió nuestra existencia como venganza. Y Sïaria- dijo más dulcemente- es mi nombre, hace milenios que no lo escuchaba pronunciado por una mortal, bueno, semimortal en este caso. Debe de haber mantenido su permanencia para tratar de encontrarme.

-¿Y para qué me has estado buscando todo este tiempo?

-
Para combatir a Hôr. Hace algún tiempo he sentido su actividad en la superficie. Planea algo, pero no te podría decir qué. Ya que tú tienes mis poderes me podrás ayudar a recuperar mi cuerpo y juntas derrotarlo, ya que estos años lo han debilitado mientras que a mi me han fortalecido.

-¿Y dónde se encuentra tu cuerpo? ¡Puedo ir inmediatamente!

-
No puedes ir tan inmediatamente como deseas, pequeña. Mi cuerpo se encuentra en la superficie. Entre los humanos.

-¡¿QUÉ?! ¡N-NO PUEDO IR ALLÍ ARRIBA! ¡SON UNOS SALVAJES!

-No son tan malos como crees. Lo que sucede es que no conocen la existencia de las sirenas ni de los tritones, ni de ninguna criatura para ellos “mitológicas”.

-Que absurdo, la verdad.

-
Puede ser, sí. Pero aún así necesito que subas, cariño.

-¿Me guiarás? ¿Me ayudarás?

-Por supuesto. Mira.- al instante, un pequeño resplandor surgió de una de las piedras de la cueva. Un delicado collar de plata con una única perla se acercaba levitando hacia la sirena. Los pececillos se hicieron a un lado y el collar llegó a la mano que Aisa acababa de extender. La perla cambiaba de color.-
Sólo deberás llevarlo puesto y yo te protegeré. Ahora, pequeña, vuelve a tu hogar. Cuando sea el momento oportuno lo sabrás.

-¿No me puedo quedar aquí, contigo?- La perspectiva de volver a Calisto no la entusiasmaba demasiado.

-No. Sería peligroso para ambas. Tu presencia corpórea podría atraer a alguno de los secuaces de Hôr.

-Está bien. Nos vemos, Sïaria.

-
Adios, Aisa.

Afligida y confundida, la sirena volvió nadando lentamente al pueblo. Habían pasado horas desde el amanecer, por lo que Calisto era un hervidero de vida. Sirenas y tritones de los más variados colores nadaban de allá para acá trabajando, cuchicheando y jugando. Cuando pasaba lo bastante cerca de alguno de ellos recibía miradas de repudio, pero ella las ignoraba olímpicamente. Ya estaba acostumbrada.

Al llegar a su hogar, se recostó en un lecho de algas y comenzó a acariciar la perla del collar.
¿Por qué nunca había sentido la presencia de Sïaria en su interior? ¿Significaba acaso que había algo malo dentro de ella? Así pasaron lentamente las horas hasta que, con un suspiro, calló profundamente dormida.

Lejos, una diosa sonreía para sí. Y aún más lejos, un tritón se debatía entre la vida y la muerte.

sábado 20 de junio de 2009

I Despertar

La joven, como todos los días, despertó temprano en la mañana. Esa era la mejor hora para explorar, ya que el resto del pueblo dormía placidamente... y no la molestarían. Se aseó lo más rápido que pudo y salió decidida. Tomó una flor azul del camino y, mientras se la ponía tras su oreja, trataba de recordar el camino más corto hacia su nuevo descubrimiento.

El paisaje era hermoso. Algas por todas partes se movían placidamente con el fluir de la corriente marina, al mismo tiempo que unos pececillos de colores jugaban alrededor de ellas. Burbujas de diferentes tamaños escapaban de lugares escondidos, los cuales ella no podía encontrar pasando tan rápidamente su vista por la arena llena de conchitas.

Su cabello azul oscuro combinaba a la perfección con sus ojos turquesa. Su piel, blanca y tersa, hacía un contraste extraño pero atractivo con el resto de las facciones. Por unanimidad, Aisa era una de las sirenas más atractivas de Calisto, pero también una de las más rechazadas. Ella no sabía el porqué de tanto rencor de su pueblo, pero ya hace años se había acostumbrado a dejarlo de lado y simplemente vivir su vida sin molestar a nadie.

-Por fin...- suspiró.

Ante sus ojos se alzaba una caverna enorme, repleta de extraños cristales que brillaban con un resplandor opaco y hermoso. Aisa había descubierto ese maravilloso lugar hace ya varias semanas, pero no había tenido la oportunidad de regresar hasta ese momento. Ellos habían aparecido a lo lejos, y tuvo que esconderse varias horas antes de lograr huir sin ser vista. Supuso que ese día estaría segura, ya que la superficie se veía peligrosa y turbulenta.

Llena de emoción, entró por fin a su nuevo refugio y comenzó a explorarlo. Era altísimo. No lograba ver su final, pero un pequeño haz de luz alcanzaba sus ojos. Siguió adentrándose en ese maravilloso lugar y luego de varios minutos lo que encontró la dejó pasmada. Sin previo aviso, todo se había expandido enormemente, dejando a la vista un espectáculo increíble. Millones de peces de los colores más inimaginables giraban sin parar con una armonía perfecta. La sirena no lograba ver alrededor de qué giraban, pero una extraña música sacó rápidamente ese pensamiento de su cabeza. Luego de un largo momento en el que Aisa se dejó llevar por la melodía, ésta se percató que la música salía de las mismas piedras brillantes que se encontraban por todo el lugar.

Pensó en los amigos a los que les podría mostrar lo que estaba viendo, pero rápidamente una sensación de amargura la invadió: no tenía amigos. No podía tenerlos. ¿Y el porqué? Ni siquiera ella lo comprendía.
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-Aisa, acércate, debo hablarte de algo importante.

-Voy papi, déjame terminar mi castillo de princesa.

-Hija, necesito que vengas ya.

-Está bien, voy…

-Estas en peligro, al anochecer te enviaremos lejos, muy lejos de aquí…

-Pero…

-¡No me interrumpas! No tengo mucho tiempo… Iras escondida en un carruaje de mercaderes amigos. No sé si volveremos a vernos y es muy probable que al lugar donde vayas no te traten de la mejor forma.

-¿Es necesario?- lágrimas recorrían las mejillas de la niña.

-Lo es. Cuando seas mayor lo comprenderás.

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Pero no lograba comprenderlo aún. Ya habían pasado quince años desde la última vez que vio a sus padres y no encontraba ninguna respuesta. Sabía que ellos estaban bien, un sexto sentido se lo afirmaba constantemente, pero muchas dudas la inquietaban. ¿Sería por ese “peligro” de su infancia que no era aceptada en la actualidad? ¿Qué infinidad de secretos le había escondido su padre de su antigua vida?

Un fuerte ruido la hizo despertar de sus cavilaciones.

-No puede ser…- dijo asustada.

Nadó lo más rápido que pudo hacia la entrada de su caverna, procurando esconderse al llegar cerca del hoyo.
Falsa alarma. Nadie se encontraba allí. Entonces… ¿Qué había sido ese estruendo?
Volvió al Lugar del Arco iris (como en su interior lo había llamado) para investigar la procedencia del ruido. Pasó varias horas explorando el enorme lugar hasta que, agotada, se dejó caer en una roca cercana. Cuando ya comenzaba nuevamente a dejarse llevar por la melodía del lugar, el estruendo volvió a repetirse, pero esta vez seguido de un fuerte resplandor. Aisa enseguida vio el lugar de procedencia: el centro del gran círculo formado por los peces.
Se acercó con cautela, preparada para huir en cualquier momento. Cuando finalmente llegó a los peces, no supo que hacer. ¿Cómo pasaría a través de ellos? Pero como si sus pensamientos hubiesen sido leídos, los animales le fueron despejando el camino.
Lo que vio la dejó tan impresionada como la estancia en sí. Una perla, la más grande que ella había visto jamás, se encontraba al centro del remolino de peces. El resplandor de sus colores se reflejaba en la perla, pero era como si esta los absorbiera por completo. Acercándose aún más, Aisa estiro una de sus manos y rozó la perla.

-Bienvenida.

Asustada, rápidamente se alejó de la perla, pero los peces ya no la dejaban salir.

-No temas, no te haré daño. De hecho, te he estado esperando.

-¿Qué eres?- preguntó la sirena. Desconfiaba enormemente de esa voz, sobretodo porque no comprendía su procedencia.

-La pregunta no es qué, sino quién soy. Yo, Aisa, soy tu pasado, tu presente y tu futuro.

-No comprendo…

-No espero que lo comprendas aún, pero con el tiempo lo lograrás.

-¿Por qué sabes mi nombre?- Su desconfianza se había convertido en una curiosidad enorme, innata en ella.

-Yo te di ese nombre, así como he nombrado a cada criatura del océano.

-¿Y por qué no te dejas ver?

-Estoy al frente tuyo.

-¿Eres la perla?

-Mi esencia vive dentro de ella. La mayor parte, en realidad. Hace años logré liberar una parte de mi para que viviera libre… Y por fin la tengo ante mis ojos.

-¿Yo?

-Así es Aisa, tú eres mi reencarnación. La reencarnación de una diosa.

sábado 18 de octubre de 2008

 
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